Archive for the Relatos y Cuentos Category

El Último Suspiro de la Noche

Posted in Lilian Foley, Relatos y Cuentos on May 29, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

La atmósfera ha dejado de danzar cansada igual que las colillas de cigarro a punto de ser arrastradas en conjunto por los largos colmillos de las escobas para descansar por fin en el corazón negro de los botes de basura.

Los camareros son como maquinas noche tras noche realizan la misma mecánica de limpieza apresurada, para luego llegar a morir a sus camas.

Se dejan enjabonar y enjuagar los tarros de cerveza, sienten casi el mismo orgasmo que cuando los bañan con cerveza y unos cálidos labios rozan su piel de cristal.

Otra camarera recoge las sillas, las acaricia sacudiendo residuos de amores furtivos, mira a las tres personas que se aferran a la mesa de enfrente sin embargo su mirada es vacía como la de una muñeca de trapo, en ella todo es predecible, sabemos se quitara el mandil, lo doblara haciéndole daño pero él lo soportara sin gritar, la mesa siente dolor pero los tres bebedores no se irán hasta derramar toda la ceniza sobre ella fuera del cenicero que está a punto de vomitar, en aquel bar fallece una noche más.

 

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Salvar Petunias

Posted in Cristina Sainz Sotomayor, Relatos y Cuentos on May 18, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Petunia llegó una mañana de abril. Un hombre la llevaba cautiva en su red por donde asomaban esos ojuelos casi totalmente ocultos entre los hilos de la malla de pescar. El corazón de Noé dio un vuelco al percibir el mudo lamento en tan apretado espacio. Y los recuerdos le llegaron en ráfagas: Un reportaje de televisión y aquel anuncio que vio en un restaurante a orillas de la carretera rumbo a la capital “… Animal en extinción” concluían.

El gesto del hombre era duro. Su piel quemada por el sol y sus ásperas manos delataban un pesado trabajo y la red con su víctima un acto indebido. Los huaraches de hule en sus pies cansados se detuvieron a la sombra del árbol que los resguardó de los intensos rayos solares. Fue cuando el niño pudo acercarse más y apreciar al quelonio y tocar su pesado caparazón. A sus diez años podía palpar el peligro de la extinción de una especie, también la incertidumbre del que es arrastrado por el más fuerte. Y el sentimiento le dio valor:

_Oiga señor ¿vende esa tortuga de mar?

_ Así  es, te la vendo-le contestó el hombre-  ¿Querrá comprarla tu padre?

El niño miró como la tortuga pareció querer esconderse en su propio cuerpo y quiso llevársela al mar, a la arena, al azul profundo, y apaciguar su miedo.

-Pero… La tortuga está en peligro de extinción-le dijo.

El hombre levantó su carga y arrugó el entrecejo.

_Mira niño, si no les interesa comprarla en tu casa me voy.

_ ¡Espere! –gritó apurado,  Mi padre no está pero yo se la compraré ¿Por cuánto me la dará?

_cuatrocientos pesos –le contestó.

Noé se fue al interior de la casa, se apuró tanto como pudo y del armario sacó un bote de latón que volteó en un movimiento. Las monedas se vieron y contó cada una de ellas. Satisfecho confirmó que podía comprarla.

Regresó de prisa, corriendo, su cara asomaba gozo, y extendió las manos entregando el valor acordado. Y el hombre respondió vaciando el contenido de la red y la tortuga cayó con todo el peso y toda la indiferencia. Luego en una de sus extremidades  miró una petunia… Por fin tímida y desconfiada la tortuga decidió estirar el cuello.

_ ¡Petunia! Te llamaré petunia -le dijo- acariciando su caparazón, y después de arrastrarla cuidadosamente hasta el patio de la casa auxilió su necesidad de sentir y beber agua. Y pensó en la forma de regresarla a la playa.

Era otro día, la misma hora, el mismo hombre… Y otra tortuga. Y por la ventana de nuevo el niño miró hacia fuera… Comprendió que era imposible comprarla.  Resuelto siguió al pescador y sobre sus pasos camino por las calles… No supo cuantas. Luego se vio entrando al restaurante,  en el preciso momento en que un hombre le extendía unos billetes al vendedor de tortugas y esperanzado se dijo: “Los denunciaré, no permitiré que las maten”.

Cual sorpresa se llevó, cuando en su fallida esperanza, dos sujetos que recién llegaban al lugar  se saboreaban al ver los platos con carne de tortuga que los comensales tenían en sus mesas. Para entonces se había percatado de sus vestimentas, uniformes de esa autoridad de la que tanto hablaban. Como un castillo de arena que se desploma así sus intenciones,  y el brillo de una placa de alto rango le dio los reflejos de un sol por la ventana, quemaron sus ojos claros, lloraban… Lloraban con el  coraje de la  impotencia…  Era un llanto amargo y silencioso. Le dolía, pero era imposible salvar petunias.

Posted in Maurick, Relatos y Cuentos on May 13, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Caminaba por la calle mojada con sus pensamientos puestos en la noche anterior. Portaba
traje, corbata y un portafolios negro de piel. Llegó hasta aquel hotel de fachada roja
que anunciaba la promoción semanal en sus habitaciones.

Entró lentamente, dirigiendo su mirada al piso. Sacó de su bolso 120 pesos y efectúo su pago
para hace uso de la habitación. Subió las escaleras, sin decir nada, sin ver a nadie. Puso la llave
en la chapa de la puerta y así entró al cuarto desvencijado al mismo tiempo que aquella
cucaracha corría a esconderse bajo la cama.

Permaneció mirando su rostro al espejo por unos minutos, miró su reloj y abrió el portafolios.
Reviso algunos papeles, algunas fotografías y saco de un estucho negro un revolver calibre 38, que brillaba como un escarabajo negro. Revisó el cargador y lo giró como en aquellas películas de vaqueros. Sujetó el arma con su mano derecha, la colocó en su cien y después de ese ruido explosivo, todo fué silencio.

Nadie le lloró, nadie lo velo. Sólo se sabe, que una noche antes había visto a Eusebia alejarse de su vida consu nuevo amante en un coche de color azul. Ya no eran nada desde hace cinco meses cuando el se quedó sin trabajo
y no pudo ayudarle a ella con sus gastos cotidianos.

Vacuo

Posted in Davo Valdés, Relatos y Cuentos on April 20, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Existe la noche y un violín que suenan en la caja de mi pecho.

Estaban ahí antes de que aprendiera a llorar: la noche vastísima, llena de constelaciones explosivas y tormentas de arena barriendo las estrellas rojas, y el violín desafinado y sensual como una sirena recostada en un barco.

Antes que cualquier otra cosa aprendí a llorar y eso es como cantar un poco, como hacer música en su estado puro porque la música es una forma de traducir nuestros lamentos.

Existe la aurora y el sueño. Existe el recuerdo de mis primeros perros y de cómo poco a poco se fueron muriendo y cómo fueron llegando otros, pero el vacío que dejaban al morir los primeros no se llenaba con nada, simplemente se volvía más grande conforme iba amando a otros seres. Pienso que cuando morimos estamos vacíos de amor porque hemos amado en verdad.

Existen las flores y el infierno. Las manos a veces saben reconocer el camino de las heridas. Las cicatrices del cuerpo son mapas trazados para entender el dolor. Posar mi sexo sobre otros sexos me convierte en un viajero. Estoy trazando un mapa más grande, uno que abarque todos los cuerpos llagados por el deseo.

Existen los fantasmas y la saliva. He pensando en qué haría si mis padres murieran. Me arrepiento de no tocar el piano para componerles un réquiem, pero también pienso que los pájaros guardarán silencio ese día y quizá otras aves se dejen morir de tanta tristeza y mis padres muertos pensarán que ese silencio es  una gran despedida.

Existe la noche y un violín, la noche vastísima y el violín sensual, existe el llanto y la música, la aurora, el sueño, los sueños, las flores, el infierno, las manos colmándose de sensaciones, de cicatrices y sexos húmedos, de deseo, existen los cuerpos y la saliva, los cuerpos ensalivados y la saliva corpórea que conforma los mares. Existe un piano inmenso que se llama bosque y sus cuerdas son pájaros. Existe la muerte porque de pronto algo que creía seguro se ha marchado.

Pienso en mi cadáver blanco, descompuesto, esquelético con las uñas largas y el cabello inmenso enredándose en las raíces de los árboles. Pienso en la marea y en las pequeñas partículas de polvo que brotan de mi garganta y que de alguna u otra forma vuelven al espacio como esporas de música, como el lamento de un violín cruzando el cielo.

Existen las palabras. Alguien me enseñó a usarlas para nombrar lo que me rodea. Abro los ojos y veo un inmenso cielo plegando sus alas, un mar profundo cerrando sus párpados, el espacio infinito recortando su cola y el suelo imposible temblando como un espejo. Existen las palabras que antes de existir no eran nada y que de pronto por el simple hecho de ser nombradas convirtieron algo invisible en visible. Pero cuando eso sucede, no encuentro otras palabras para explicar sus significados, para eso existen los ojos y los oídos. Por eso existen las manos con cinco dedos que son como los ríos Éufrates, Nilo, Tigris, Huang-ho y Yangtsé.

Existen los besos y las sombrillas Y un día todas esas cosas que existen confluirán en un mismo cauce, bajo las mismas nubes blancas cargadas de lluvia. Cuando llueve lo que está arriba y abajo se tocan de algún modo porque además el mundo está girando en el espacio y quizá el mar no sea sino una pequeña gota de agua y el universo infinito y voraz que soñamos sea amor y muerte todo en un breve segundo como un violín que se rasga con el paso de las estrellas que mueren.

Y es precisamente ahí, justo en ese momento, consecuencia de todas esas circunstancias que la noche y la música son lo mismo: una canción que apaga todas las luces como el viento que acaricia la llama de las velas y las manda a dormir felices de haber alumbrado. Las velas son como las estrellas no importa hace cuánto hayan muerto, sólo importa entender que fueron hechas para brillar y nosotros somos un poco como ellas y justo ahora me gustaría soplar tan duro frente al espejo y apagarme vacío de amor cantando un último lamento, dejando que los violines y los barcos encallen en los mares de la luna porque el mundo está girando y cuando la música explota de algún modo lo de arriba y lo de abajo, los cuerpos y las mareas son una sola materia. Lo son porque recién lo dije y esa imagen seguirá brillando un rato aunque apagues la luz y cierres los ojos y decidas guardar silencio hasta que la muerte se aparezca para llevarte a otro bosque, con tu jauría de perros amados y todo lo demás que no tiene nombre, hasta que de pronto estés lleno de nuevo.

Peso Neto

Posted in Relatos y Cuentos, Xío Xicarú on April 13, 2012 by Revista Argot & Aisthesis
No te parece raro. Deja de engañarte. Lo sabes todo, y mejor que ellos. Tú estás del otro lado y no te dejas brillar. Yo hoy, retomo lo que siempre fui, lo que te gustó por cierto, lo que soy, el origen de las cosas, la observación plena, el sentir desapegado. No te dejes caer en la tentación. Sé solo. Aguanta. Siempre quedas tú. No te dejes vencer, sal de ahí. Siempre quedo yo, si quieres que te acompañe en el camino.
Las luces más pequeñas ciegan. Los necios son muchos para tan pocas en el cielo.
Nunca opaques tu brillo con la necedad de los demás, o te perderás por el sendero de la ingratitud.

No te dejes vencer en el camino de las sombras. Atrévete a caminar a tientas. Toma mi mano fuerte y estable. Yo te ayudo a escalar las rocas de la fidelidad. Estoy aquí, como la noche vigila al día, te miro.

Yo, realmente me voy. Tuve que probarlo, tuve que sentirlo. Ahora lo aprendí, y retomo mis letras, mi ser.
Podría haber sido diferente pero no lo fue. Sólo queda la reflexión y la prudencia para la siguiente. Me busco en otras caras; algunas, que tal vez reflejen la mía otra, la que nunca fue vista, no porque no la mostrara. Siempre soy molesta hablando en términos de superficialidad. Hay ligereza en la densidad, hay amor y compañía, hay timidez y equilibrio, hay de todo, como en un mercado, a precio de autor. Pero siempre hay un abrazo, hasta en la peor guerra. Porque somos humanos; y ellos parecen haberlo olvidado.
Basta de toxinas, basta de pérdidas y de ojos huecos. Yo soy una roca ascendente, contradiciendo las mareas, ordenando el caos de la nada. Viviendo sin más, conmigo, en paz.
Te buscaba. Te encontré.
Ahora: ¿qué más?

A veces me parece una batalla imposible, una batalla futura, una batalla perdida. Y digo sólo a veces porque tu cara resuena dentro, como un nudo a medias deshecho, a medias mío y de nadie.
Será tu esbozo de mí, lo que hagamos en este tiempo.
Si yo supiera de ti.
Si me mostraras tu luz, tu ego.

Tú,

¿cómo puedes tardar tanto en llegar a mí?

Opciones impensables.
Me voy a dormir.

PD. No más razones, no más palabras. Sonidos infectos. Me pierdes en el patrón, en la búsqueda de lo correcto, en el entretenimiento de no profundizar, de no amar en los ojos, de tu propia pérdida. Pero yo te amo, y en esa excusa infantil me jodo entera. Esperaré que el péndulo se rompa, y caiga sobre mis pies tu peso. Peso neto de ti.

Ejercicio número 1: atravesar los ojos para mirar el alma. Apuntar qué se vio, y repetir. Ahora, besar lo que se ve ahí adentro, sin entender. Si es posible, abandonar todo tipo de barrera invisible. Repetir hasta la muerte.
Opcional: agarrar de la mano y pasear juntos tomando un helado. De limón para los dos, por favor. Volver al inicio de amor puro, de rebeldía contra el sistema impuesto: respetar la unión verdadera.

Insomnios otra vez

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Relatos y Cuentos on April 9, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Pinche maquinita, termina por escribir lo que le place. Cuando quiero escribir que quiero seguirte, se burla y escribe, seguramente. Cuando quiero escribir adiós, escribe su voz.

En vez de dejarme escribir, me quiero ir a dormir, escribió me quiero ir a morir. Se me quito el sueño.

 

Sintiendo a la muerte chiquita

Posted in Alma Ramirez Iñiguez, Relatos y Cuentos on April 9, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Ya no recuerdo todos los momentos en lo que he sentido a la muerte de cerca, muy cerca, entrando por mis oídos, por mis ojos o mi olfato, paralizándome. Llega a mi boca y sabe agria, me seca la lengua y la siento salir desde el estómago, pasar por el esófago y llegar a la boca totalmente ácida, no sé por qué no me ha manchado los dientes.

La muerte chiquita no mata completamente, sólo te parte de tal forma que ves diferentes realidades: la que sientes, la que imaginas, la que bloqueas, la que quieres borrar pero que no se va. Me ha matado tantas veces que la acepto como parte de mí y como parte de la relación dialéctica que tiene con la vida. Una no puede vivir sin la otra.

La muerte, aquella simbólica, da paso a la pulsión de vida que se recrea para inventar una nueva realidad, otra, la que sea, la urgente.

Lo peor de la muerte chiquita es cuando te matan inesperadamente, sin saberlo ni tú ni el propio asesino, el que te deja con la sangre, las vísceras de fuera, los brazos rotos, las piernas inmóviles y, sin embargo, tu cuerpo está intacto como cuando estabas vivo y sólo la sientes agria en la boca, te seca la lengua, te moja los ojos, te quema el estómago y te mata, y no eres real pero sí lo eres.

Cuando te mueres, sólo deseas que la muerte pase, pero no pasa, se queda, te quema, te duele y te mata más.