Archive for the Jesús Baldovinos Romero Category

El puente

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Poesia on June 25, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Era el mismo puente oscuro, era la misma hora que aquella otra noche, la lluvia se parecía a aquella ocasión, el dolor era más intenso; sólo que en esta ocasión no hubo una llamada para salvarlo de lanzarse al oscuro vacío

 

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Ex esos del rock

Posted in Ensayos, Jesús Baldovinos Romero on May 28, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

¿Cuántos íconos del rock conoce que no se relacionen con consumo de drogas y sexo desenfrenado? Seguramente que ninguno. ¿A cuántos tatuados se les da trabajo? Seguramente que a ninguno o a muy pocos, y dependiendo del trabajo que se oferte. ¿Es un exceso o es un escándalo que hace el que percibe el fenómeno sin conocerlo a fondo, y que le rompe sus esquemas de percepción?

 

Arte, sensibilidad y estereotipo

Freud hace una lista de “productos” inherentes a la conducta y a la psique que bien pueden retratarse a través de las artes. El artista es sensible, más que la media social, y por tanto, percibe con mayor fuerza tanto la vorágine de su entorno como las tormentas interiores del ser humano; ante esta sensibilidad, el arte se convierte en proyección y sobre todo en sublimación.

Si a una persona “común” le tiembla su estabilidad y usa la fuerza, a veces hasta el extremo de eliminar –literalmente- aquello que lo amenaza, es justificado por la misma sociedad que lo provoca. ¿Es lo mismo con el rockero? ¿Es lo mismo con el artista en general?

Pollock y Modigliani serían un buen ejemplo de cómo los excesos en los artistas “cultos” pueden acabar con la vida propia y de las que los rodean, sin toda esa construcción de imágenes que se perciben en el mundo del rock. La locura de Van Gogh podría ser otro buen ejemplo, que también se justifican sus excesos dada esa “locura” del artista. O ¿qué tal aquella misoginia u odio hacia su propia hermana Camille Claudel por parte de Paul?

Actos sin duda que sobrepasan los límites “normales o razonables” y que sin embargo no son vistos como las muertes de Joplin o Morrison, que al paso del tiempo se les va deslavando la etiqueta de escándalo para convertirse en un estereotipo, una moda, un ícono.

Seguramente ustedes recordaran que La dama de las Camelias muere por tuberculosis, una enfermedad nada romántica pero que dados los estereotipos se convertiría en una necesidad vivir en una buhardilla y aparentar ese estado pálido, frágil, para poder encajar en la imagen que se tenía del escritor romántico; del mismo modo, la imagen del rockero se relaciona inmediatamente con las imágenes de las bacanales.

Ozzy Osborne muerde la cabeza de un murciélago en el escenario; las muertes de Slash, Janis y Morrison se les relaciona con el consumo de drogas y alcohol; ¿cuántos otros han roto guitarras y hocicos en el escenario? La energía del rock sobrepasa , rompe los límites impuestos por otras manifestaciones de conservatorio o pop, el exceso está a la vista. La vida personal no se separa del artista, se vive como artista porque se es artista. Por tanto, ir más allá de esos límites implica que la persona vive todos los días rompiendo sus propias limitaciones, sus propios fantasmas y buscando en lo que hace una expiación, un sentido, una justificación para estar y ser.

Tampoco se puede negar que en algunos casos, el escándalo o el exceso sea usado como una estrategia para reinstalar a una estrella en el mercado o para generar más ventas; en algunos casos, resulta más vendible una estrella muerta que una estrella semiapagada.

 

Las rémoras, otro exceso

En Rockstar (Stephen Herek, 2001) se retrata la vida de un rocker; Aunque basada en hechos reales termina por mostrar lo que la vox populi convierte en un estereotipo: el ascenso y el descenso de una estrella, la magia convertida en infierno que da el poder y el acceso al sexo, al alcohol y las drogas. Es decir, quién la ve, ve exactamente lo que esperaba ver, con algunas lógicas variaciones.

Sin embargo, en el otro extremo, Roadie (Michael Cuesta, 2011), retrata la vida de un personaje que crece a la sombra de una banda de rock, que es “encasillado como roadie”, un hombre que dejo sus mejores años en un sueño que no era suyo al ser solo el ayudante, el cargador, el acompañante y nunca el centro de ese pequeño universo. Vive, eso sí, los beneficios del grupo, que lo hecha luego de andar juntos mucho tiempo, o mejor dicho, que lo desecha como una carga, como un bulto.

El exceso, el rompimiento, el sobrepasar “lo normal o lo razonable” ya no estriba en el consumo excesivo de estimulantes y de si mismo, sino en la negación de sí, en la decadencia en la que se sumerge al no tener una imagen propia y crecer a la sombra de los otros; al carecer de esa luz que el rockstar posee, de esa imagen, de ese talento.  El exceso de Roadie es dejar de ser persona para convertirse en un instrumento más del grupo.

Así pues, nos pone en un lugar que pocas veces se ve, que pocas veces se quiere ver: el exceso no está en el que se sube al escenario, el escenario de los excesos está en la manera que percibimos las cosas o la manera en que queremos percibir las cosas. Sobrepasar “lo normal o razonable” también puede ser cosa de todos los días, y muchas veces lo hacemos al poner toda nuestra atención en lo que sucede en el escenario de los otros. Nosotros también somos, si no rockeros por lo que representa, roadies por conclusión.

Insomnios otra vez

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Relatos y Cuentos on April 9, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Pinche maquinita, termina por escribir lo que le place. Cuando quiero escribir que quiero seguirte, se burla y escribe, seguramente. Cuando quiero escribir adiós, escribe su voz.

En vez de dejarme escribir, me quiero ir a dormir, escribió me quiero ir a morir. Se me quito el sueño.

 

Trasferencia

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Relatos y Cuentos on April 3, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Te has ido. “Me gustaría verte después. Bye” grita el rojo lápiz desde el espejo, y me veo a mi mismo, confundido.

¡Cuánto tiempo ha pasado desde ese momento! Y nunca regresaste. Yo nunca te busqué porque no supe dónde hacerlo. Pero, te encontré tan cerca. Me cansé de gritar tu nombre: Sofía, Sofía… y mi departamento me contestaba con su viejo silencio… creo que fue un error enamorarme de tí, cuando bien me lo decías, no te enamores de mí, y yo creyendo que era por hacerte la interesante, pero no, sabías que te marcharías.

¿Y qué me dejaste? Fragmentos de ti. Tuve que reconstruirte toda, toda… memoricé tus gestos, tus movimientos, tu voz… todo… tomé cada fragmento, hasta el último, olvidado en algún rincón.

Dejaste ropa en el closet, la palpé, la sentí y nuevamente te desee. Tu perfume me embriagaba, hasta compré otra botellita.

Pero ya no. Qué diferencia a aquellos días. Ya no te extraño tanto. Ahora ya te llevo en mí. Si, en verdad que estás en mí. Aunque claro, nada es perfecto. Sufro. Tanto que he tenido que cambiar de departamento. Pero, no termina el pago que he tenido que hacer por llevarte conmigo.

Recién llegué a esta nueva cueva, oí en la escalera que decían:

-¿Ya viste? se acaba de cambiar un travesti al piso de arriba, se llama Sofía.

 

SERIE: INFIERNO PARTICULAR

Posted in Arte Grafico, Jesús Baldovinos Romero on March 14, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

PÁJAROS NOCTURNOS

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Poesia on March 12, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

Amanece. Ha sido otra de esas noches. Las sábanas blancas y las almohadas se han tornado negras… pájaros nocturnos duermen.

Empapado en sudor achaco mi malestar a los truenos y a los cantos de las pichacuas que entraron por mi ventana y alborotaron a los pájaros nocturnos.

Recojo las húmedas sábanas y las pongo a secar. Los pájaros nocturnos se desprenden de ellas, buscan un lugar oscuro, apartado, donde nadie los moleste, donde puedan dormir en paz.

Al amanecer despertarán y buscarán la cama nuevamente. Se meterán en ella y me despertarán, me arrastrarán hasta el escritorio, donde hay pluma y papel, picotearán sobre mí, armarán gran boruca para que les escriba un cuento, se los lea, y ya cansados de su propio alboroto, llenos de sueños fantásticos, al amanecer se irán a posar a las blancas y húmedas sábanas, que colgaré para que se sequen, se desprendan los pájaros nocturnos para buscar un refugio oscuro y apartado para dormir en paz.

CERTEZA

Posted in Jesús Baldovinos Romero, Relatos y Cuentos on March 12, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

No es cierto que los fantasmas habitan en los roperos
Ayer me encontré uno
Pintando en la pared
De una vieja casa de vecindad
Una memoria que se aborrosa

Leí con dificultad mi nombre

Cómplice 

Por las noches, su aroma me envuelve. Recuesto mi cabeza en su suavidad me arrulla. Algunas noches la desvisto y así amanece a mi lado. Para esas noches de insomnio, no hay como una buena almohada.

Más barato…

Aquí antes fue un proyecto comercial del gobierno. Prosperó mientras el que lanzó el proyecto estuvo en el poder y mientras algunos seguidores le dieron alas. Ya sabemos que aquí todo se derrumba inmediatamente para imponer la propuesta propia, aunque sea lo mismo, aunque no tenga fundamento, aunque a la gente no le importe. Como no le importó a nadie, ni siquiera por nostalgia, que se conservara el viejo edificio una vez que se consumó su función. Llegó una de esas líneas comerciales que tienen de estas enormes tiendas por todo el país. Se traduce en empleos dirán algunos, como justificando su silencio. Se trata de que este pueblo crezca dirán otros, convencidos de su propia mentira.

Total. Aquí se construyó este enorme centro comercial desechable. Por supuesto, quienes tienen hambre no se fijan de dónde proviene el dinero, ni de la nacionalidad ni de cualquier otra cosa que pudiera ser sospechosa. Esas cosas no importan cuando hay  que calmar el hambre de varios integrantes de la familia, o cuando hay que estar al mismo nivel que el vecino para poder mostrarle que se es útil a la sociedad y al consumismo.

En el pueblo se hicieron enormes filas para pertenecer a esa nómina. Algunos corrieron con una suerte mucho más rápida, pues es cuestión de horas ya contaban hasta con el gafete que los identificaba como empleados de dicha empresa. Lo que les cambiaba la actitud de ser un muerto de hambre a un hombre importante o a una mujer pudiente. Todo hubiera marchado de la misma manera que semanas, meses y años antes: sin sorpresas, sin suspicacias. Pero, para Pedro, al cabo de unos meses, resultó de lo más extraño que algunos de sus compañeros dejaran el trabajo y no se les veía más.

Seguramente se van al otro lado dijo alguien; o tal vez probarán suerte en otra tienda de esta empresa. Nadie podía dar mayores explicaciones al confundido Pedro porque no estaba permitido en aquella tienda perder el tiempo en reuniones que bien podían terminar en sindicato, en chismes, en peleas, en fiestas impúdicas o en cualquier otra manifestación no grata para los jefes que nunca eran visto pero que todo mundo sabía que existían en un país cercano y que los escucharían gracias a la alta tecnología del espionaje encarnado en los chismosos compañeros.

Esa mañana dejó de lado las cajas y queriendo dar la impresión de que iba al baño, pasó por la carnicería. Ramón seguramente le diría qué pasa. Ramón había terminado la prepa, lo que lo hacía con más conocimientos que él. No compadre, pos no se que pex con eso… mire, aquí cada quien lo único que tiene que hacer es hacer lo que le digan. Pa qué quiere saber a ver. Esos ya se fueron. Votaron la chamba. De nada le sirven los cursos que nos dan. Tese quieto y no ande preguntando cosas que no debe.

Con la cola entre las patas como regularmente se sentía, Pedro desistió en esa ocasión de preguntar. Ya no tenía a nadie más de confianza que preguntarle. Esa noche que el reloj marcó la tarjeta que llevaba su nombre pudo percatarse de que en algunas tarjetas aparecía un asterisco en tinta roja. La del él no. Y las de otros compañeros, ya no aparecían. Mas tarde, sentado, viendo el último bloque de noticias, y luego de haber ingerido varias cervezas con un tequila pal despanzurre, recordó que aquellos que no regresaron habían sido castigados. Si, eso era. Los corrieron. Pero, y como siendo un pueblo tan chiquito no los había visto más. Y ya sabían que si hacían algo mal, de seguro lo castigan a uno y lo mandan a la carnicería, pensó Pedro.

Acostumbrado a otra forma de vida, aquello le parecía nuevo. La transformación de su rancho en pueblo y de pueblo a ciudad pasó de manera vertiginosa que no pudo asimilar a dónde habían quedado aquellas costumbres de antaño, aquella manera de vivir. Justo eso pensaba cuando pasó de nueva cuenta por la sección de carnes. No, tu compa ya se fue. Y ni adios dijo el condenado. Pero pues tu ya sabes cómo son estas cosas. Cada quien quiere probar nuevos aires. No pos si, pero pa irse al otro lado, ahora no es temporada. Mas bien que se regresan en estos días. Pos si pues pero ve tu a saber Pedro.

Pedro desesperó un poco. Aunque terminó por serenarse. Y ora tu Otilio, no te sientes raro que te hayan pasado de la ropa paca. No, pues a todo se acostumbra uno, y todo sea por llevarle de comer a la familia. No pos eso si. Además hay quienes aprenden rápido, no como yo, por eso a lo mejor no me cambian paca. No, pues eso si, pero mas bien que no Pedro, porque acá mas bien es un castigo, al menos eso dice el supervisor. Aunque no lo veo así. Ora pues, ahí nos vemos… ah carajo Otilio, y esa carne… no pues es nueva, nos acaba de llegar… pero ta bien roja… si hasta parece de caballo… o de cristiano dijo riéndose Otilio… nombre, ni dios lo quiera… ta bueno, hay te ves… y tomó uno de los paquetes de carne molida para la cena. Después de todo, a ellos como empleados les hacían buenos descuentos.

A Pedro le mareaba hablar mucho, tanto como cuando lo cuestionaban. Esa noche sintió el mismo movimiento en la cabeza y en las orejas y pensó que aquello no estaba bien. Ese asterisco rojo en la esquina de su tarjeta no debía estar ahí. Solo había dejado un momento su área de trabajo, pero no era para tanto. No había descuidado nada, además era el tiempo libre para la colación el tiempo que había empleado para ir a platicar con Otilio.

Sin decir nada, y más callado que nunca, llegó a casa. De nueva cuenta se fue serenando. Si, cierto, era un castigo, pero desde muchos días antes ya le tenía ganas a al carnicería. Siempre era más importante que estar en la limpieza o en la panadería. Y así, pensando en que las cosas mejorarían en vez de empeorar, decidió dejarse llevar por los sueños.

El supervisor lo miró con detenimiento. No sé qué es lo que hayas hecho. La verdad. Pero la orden es que te envía a la carnicería. Como Pedro sabía que no se debía emitir palabra alguna o se interpretaba como desacato, calló. Fue llevado hasta la carnicería. Entra ahí, le dijo el supervisor, señalando una cámara que supuestamente era de congelar pero que era más grande. Alrededor había otras más pequeñas. Ahí está el carnicero mayor. Pedro entró con cierto temor. Pero al llegar hasta donde trabajaba el carnicero mayor. El espectáculo le hizo casi vomitar. Aquel enorme hombre gruñó entre dientes: Aquí tienes la decisión, o te enmiendas o te corren. Si decides que te corran, no hay con qué pagar, así que terminará como Otilio… así que tu decides… y apúrate porque no hay otra manera de hacerlo más que en carne molida, si se hacen otros cortes los clientes sospecharían…

Pedro tragó saliva y contuvo la respiración, detuvo la náusea y dejó caer el cuchillo para hacer más pequeños los trozos de carne sobre la mesa. Pero, eso si, jamás tragaría de nuevo de esa carne molida tan roja que exhibían los aparadores.