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Ex esos del rock

Posted in Ensayos, Jesús Baldovinos Romero on May 28, 2012 by Revista Argot & Aisthesis

¿Cuántos íconos del rock conoce que no se relacionen con consumo de drogas y sexo desenfrenado? Seguramente que ninguno. ¿A cuántos tatuados se les da trabajo? Seguramente que a ninguno o a muy pocos, y dependiendo del trabajo que se oferte. ¿Es un exceso o es un escándalo que hace el que percibe el fenómeno sin conocerlo a fondo, y que le rompe sus esquemas de percepción?

 

Arte, sensibilidad y estereotipo

Freud hace una lista de “productos” inherentes a la conducta y a la psique que bien pueden retratarse a través de las artes. El artista es sensible, más que la media social, y por tanto, percibe con mayor fuerza tanto la vorágine de su entorno como las tormentas interiores del ser humano; ante esta sensibilidad, el arte se convierte en proyección y sobre todo en sublimación.

Si a una persona “común” le tiembla su estabilidad y usa la fuerza, a veces hasta el extremo de eliminar –literalmente- aquello que lo amenaza, es justificado por la misma sociedad que lo provoca. ¿Es lo mismo con el rockero? ¿Es lo mismo con el artista en general?

Pollock y Modigliani serían un buen ejemplo de cómo los excesos en los artistas “cultos” pueden acabar con la vida propia y de las que los rodean, sin toda esa construcción de imágenes que se perciben en el mundo del rock. La locura de Van Gogh podría ser otro buen ejemplo, que también se justifican sus excesos dada esa “locura” del artista. O ¿qué tal aquella misoginia u odio hacia su propia hermana Camille Claudel por parte de Paul?

Actos sin duda que sobrepasan los límites “normales o razonables” y que sin embargo no son vistos como las muertes de Joplin o Morrison, que al paso del tiempo se les va deslavando la etiqueta de escándalo para convertirse en un estereotipo, una moda, un ícono.

Seguramente ustedes recordaran que La dama de las Camelias muere por tuberculosis, una enfermedad nada romántica pero que dados los estereotipos se convertiría en una necesidad vivir en una buhardilla y aparentar ese estado pálido, frágil, para poder encajar en la imagen que se tenía del escritor romántico; del mismo modo, la imagen del rockero se relaciona inmediatamente con las imágenes de las bacanales.

Ozzy Osborne muerde la cabeza de un murciélago en el escenario; las muertes de Slash, Janis y Morrison se les relaciona con el consumo de drogas y alcohol; ¿cuántos otros han roto guitarras y hocicos en el escenario? La energía del rock sobrepasa , rompe los límites impuestos por otras manifestaciones de conservatorio o pop, el exceso está a la vista. La vida personal no se separa del artista, se vive como artista porque se es artista. Por tanto, ir más allá de esos límites implica que la persona vive todos los días rompiendo sus propias limitaciones, sus propios fantasmas y buscando en lo que hace una expiación, un sentido, una justificación para estar y ser.

Tampoco se puede negar que en algunos casos, el escándalo o el exceso sea usado como una estrategia para reinstalar a una estrella en el mercado o para generar más ventas; en algunos casos, resulta más vendible una estrella muerta que una estrella semiapagada.

 

Las rémoras, otro exceso

En Rockstar (Stephen Herek, 2001) se retrata la vida de un rocker; Aunque basada en hechos reales termina por mostrar lo que la vox populi convierte en un estereotipo: el ascenso y el descenso de una estrella, la magia convertida en infierno que da el poder y el acceso al sexo, al alcohol y las drogas. Es decir, quién la ve, ve exactamente lo que esperaba ver, con algunas lógicas variaciones.

Sin embargo, en el otro extremo, Roadie (Michael Cuesta, 2011), retrata la vida de un personaje que crece a la sombra de una banda de rock, que es “encasillado como roadie”, un hombre que dejo sus mejores años en un sueño que no era suyo al ser solo el ayudante, el cargador, el acompañante y nunca el centro de ese pequeño universo. Vive, eso sí, los beneficios del grupo, que lo hecha luego de andar juntos mucho tiempo, o mejor dicho, que lo desecha como una carga, como un bulto.

El exceso, el rompimiento, el sobrepasar “lo normal o lo razonable” ya no estriba en el consumo excesivo de estimulantes y de si mismo, sino en la negación de sí, en la decadencia en la que se sumerge al no tener una imagen propia y crecer a la sombra de los otros; al carecer de esa luz que el rockstar posee, de esa imagen, de ese talento.  El exceso de Roadie es dejar de ser persona para convertirse en un instrumento más del grupo.

Así pues, nos pone en un lugar que pocas veces se ve, que pocas veces se quiere ver: el exceso no está en el que se sube al escenario, el escenario de los excesos está en la manera que percibimos las cosas o la manera en que queremos percibir las cosas. Sobrepasar “lo normal o razonable” también puede ser cosa de todos los días, y muchas veces lo hacemos al poner toda nuestra atención en lo que sucede en el escenario de los otros. Nosotros también somos, si no rockeros por lo que representa, roadies por conclusión.

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